La mañana en que encontré el diario, llovía sobre Montalcino con esa insistencia gris que solo tienen los otoños toscanos. Yo llevaba tres semanas catalogando el fondo antiguo de la Biblioteca Civica cuando mis dedos tropezaron con algo que no debía estar allí.
Entre las páginas amarillentas de un tratado de viticultura de 1891, alguien había ocultado un cuaderno de tapas negras, no más grueso que dos dedos juntos. Lo saqué con la misma cautela con que se extrae una astilla: despacio, sin forzar nada.
En la primera página, con una caligrafía apretada y ligeramente inclinada hacia la derecha, alguien había escrito: Este diario pertenece a Caterina Rossi. Si lo encuentras, por favor, no lo quemes.
La fecha era el 14 de octubre de 1943.
Debería haberlo depositado en el registro de hallazgos, llenado el formulario correspondiente y esperado a que la directora decidiera qué hacer con él. Eso era el protocolo. Eso era lo que habría hecho cualquier archivista responsable.
En cambio, lo metí en mi bolso.
No sé explicar del todo por qué. Tal vez fue el ruego de esa primera página, esa petición escrita ochenta años atrás por alguien que sabía que su voz podía extinguirse. Por favor, no lo quemes. Como si hubiera anticipado que el fuego era el destino natural de las cosas que incomodan.
Esa noche, sentada en la cocina de la casa que alquilaba a los Martini, con una taza de manzanilla que se fue enfriando sin que yo la tocara, leí las primeras páginas del diario de Caterina Rossi.
Y el mundo que conocía dejó de ser el único posible.
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